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Dedos azules, mente sana

Publicado: 17.05.2020

A veces es momento de detenerse. No hablo de dejar de comer chocolate o de pasar vergüenza. Desde hace diez años medito con piedras y las apilo en muros secos. Desde la pura desesperación al principio, cuando ninguna piedra encajaba, ahora he alcanzado un estado en el que amén de construir, jugar con las piedras se ha convertido en meditación Zen. Cuando con las piedras entablo conversaciones semiíntimas en voz baja o limpio con cariño el musgo de sus rostros, el Nirvana ya no debe estar tan lejano. En cambio, los turistas que pasan por ahí a menudo viven momentos de miedo, porque no saben si las aparentes conversaciones con uno mismo son un preludio de un inminente delito violento con Bickel. Cuando luego miran a distancia segura hacia nosotros, los Dalton, se preguntan qué habríamos podido hacer al ver cómo movemos toneladas de piedras en el paisaje. Una razón para este trabajo arduo es que de alguna manera debo pagar por las costosas reparaciones de mi bicicleta y no quiero acabar en las horrendas catacumbas de una oficina. Otra razón es que en plena concentración, como un monje budista, la avalancha de pensamientos se aquieta. Ni las oportunidades perdidas en la vida ni la inminente desaparición de la humanidad hacen que mis emociones jueguen al ping pong. Claro, eso no siempre sucede, ya que también tengo días que son desagradablemente fríos y húmedos o el cerdo interno en mí deambula sin rumbo. ¿Qué podría ser mejor que estar recostado en el cálido seno de mi amada?

Como un constructor de muros secos, uno debe ser optimista y construir una pared con las piedras que encuentra en el lugar. Un muro seco no es más que un derrumbe organizado de piedras. En una Suiza libre de manchas, en la que solo el Wi-Fi del concreto muerto se sostiene de las paredes, el desorden ordenado de un muro de piedras apela a mis instintos primordiales.

A pesar de la experiencia esférica de construir un muro seco, me estoy exagerando nuevamente, diez años son suficientes. Probablemente pasaré el último verano sumergido en este estado trance del que solo seré sacado por un dedo atrapado o el llamado a almorzar de Averell Dalton que me devuelva a la realidad.

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