Mi llegada a San José: sin cargador, sin comida y con algo de miedo
Costa Rica fue mi primera vez viajando sola. Aunque no es cien por cien cierto, puesto que iba allí a hacer un voluntariado marino y coincidiría con otros voluntarios, pero aún así estaba muy nerviosa. Siempre me acordaré del cosquilleo que sentí al subir a ese avión.
La organización con la que iba me había reservado un hostal en uno de los barrios menos recomendables de la capital. Además, me habían advertido de que no era demasiado seguro salir de él. El hostal era enorme pero estaba prácticamente vacío; aun así, me tocó compartir habitación con un chico mexicano y dos argentinos.
Al instalarme, me di cuenta de que se me había olvidado el cargador del móvil. Era de noche, por lo que no podía ir a comprar uno y en la recepción no tenían. Dejé a un lado la vergüenza y me acerqué a los chicos argentinos. No solo les pedí prestado el cargador, sino que me armé de valor y les pregunté si podía ir a cenar con ellos, ya que llevaba horas sin comer nada. Esa primera noche en San José la recuerdo con algo de miedo, condicionada por los avisos de peligro, los nervios del debut en solitario y un entorno que no ayudaba mucho. Pero, finalmente, todo salió bien: descansé, cené y me preparé para el día siguiente.
Rumbo a Montezuma
Al día siguiente tocaba emprender el viaje hacia mi destino final: Montezuma. Salí caminando hacia la estación de autobuses. Mientras avanzaba, iba preguntando a los locales; todos se mostraron increíblemente amables, me iban guiando y me advertían qué calles evitar para no correr riesgos. Tras unas cuantas horas que combinaron autobús, ferry y un colectivo local, por fin llegué.
Al entrar a la que sería mi casa las siguientes semanas, me planteé seriamente: «¿Qué hago yo aquí?».
Era una palapa de madera sin ventanas, con literas viejas y sin ningún tipo de limpieza. El colchón tenía manchas imposibles de descifrar y el baño parecía llevar años sin ver una bayeta. Pero era lo que había escogido y quería vivir la experiencia. Mira si la viví que, desde ese momento, mis estándares para dormir bajaron a niveles insospechados; ahora puedo dormir en casi cualquier sitio.
Para añadirle más intensidad al reto, mis compañeros de voluntariado eran jóvenes ingleses de unos veinte años. Yo tenía treinta y un inglés muy básico. Por suerte, una chica que llevaba meses allí chapurreaba algo de español y se convirtió en mi salvavidas.
Pronto le cogí el ritmo a las tareas del refugio. Por las mañanas limpiábamos las playas y por las tardes recibíamos a los turistas que venían a presenciar la liberación de las tortugas recién nacidas que protegíamos en los nidos.
Lo más duro, pero a la vez lo más especial, eran las guardias nocturnas. Hacíamos turnos de tres horas, de dos en dos, patrullando para evitar que los cazadores furtivos robasen los huevos y comprobar que estaba todo correcto en los nidos. También teníamos tiempo para explorar el pueblo y sus alrededores: cascadas de ensueño, playas kilométricas y rincones llenos de surferos. A Montezuma se le conoce como el pueblo hippie por excelencia en Costa Rica; te puedes hacer una idea de cómo era la vida allí.
Mi último día en el voluntariado fue inolvidable
Durante la noche vimos una tortuga enorme desovando y, justo al amanecer, uno de los nidos comenzó a eclosionar. Mi compañera y yo tuvimos que sacar a las crías a contrarreloj para ayudarlas en su camino hacia el océano. Ver a decenas de tortuguitas avanzar hacia el mar con los primeros rayos del sol fue, sin duda, uno de los amaneceres más mágicos de mi vida.
Atrévete
Aunque la comunicación en la casa nunca fue fluida, esto me empujó a abrirme y a darme cuenta de que la timidez se cura viajando. Me demostró que somos capaces de hacer muchas más cosas de las que pensamos y que hay que atreverse a hacer lo que uno realmente quiere, aunque dé miedo. Nos podremos equivocar, sí, pero al menos habremos tenido el valor de intentarlo.
PD: La asociación con la que colabore es ASVOCR